Lo primero que llama la atención es el televisor. En su interior, a modo de librero, se aprecia una selección de novelas de aventura. Biedsa piensa que a cualquier cosa se le puede sacar alguna utilidad, empleando un poco de ingenio y algo más de voluntad. Las piezas internas de aquel aparato, junto con las de la radio, le sirven como fichas para los juegos de mesa que inventa. Desde la ventana del salón, los transeúntes son diminutos puntos impersonales y sus gritos, un susurro indescifrable. Biedsa vive muy lejos de las calles. La última vez que las pisó fue el 22 de febrero de 2003. A partir de entonces, no ha vuelto a escuchar una palabra de nadie. Está sola: ha conseguido realizarse antes de cumplir los treinta y cinco. Para poder sufragar sus necesidades, trabaja por intermediación de un agente. Esporádicamente, le compran la idea de algún juego, aunque su fuente de ingresos principal proviene de los artÃculos que redacta sobre comportamientos psicológicos en grupo. Los escribe en japonés y los traduce al inglés bajo otro seudónimo. De esa manera, por un mismo artÃculo, recibe un doble ingreso, o triple, cuando requieren que adicionalmente lo traduzca al castellano, su lengua natal. Biedsa me aguarda en la cocina, sentada frente a un tronco pulido que hace de mesa. Lleva puesta una máscara. De inmediato, me doy cuenta de que no la usa para ocultar su rostro, sino para no ver el mÃo. La máscara carece de ojos. En contrapartida, le deja la boca al descubierto para beber y para hablar, sin aguardar respuesta. Sin desear oÃr respuesta. Tuve que comprometerme a no decir ni una palabra para que accediera recibirme. Deberé escribir un máximo de ocho preguntas durante el desarrollo de la entrevista. ¿Por qué decidiste apartarte de la sociedad? Nunca lo hice. Vivo en el medio de ella y vivo de ella. Lo que decidà fue evitar el contacto con las personas. La excepción de hoy sólo responde a que mi agente me lo pidió como un favor personal. Tres veces. Supongo que le habrás dado motivos para caerle en gracia, además de dedicarle tu libro. Deja escapar una risa espontánea. Hermosa. Parece provenir de un cuadro. Imagino cómo habrá sonado antes y cómo fue quedándose en silencio, pero sin enmudecer. Irradia una alegrÃa sincera, primaria, rebosante. Nadie que estuviese en mi lugar cometerÃa el error de confundir esa expresión con una sonrisa. Su voz, que espero no se desvanezca, es relajante, suave y segura. ¿Las personas te producen algún tipo de malestar? Te precipitas en tu apreciación. Muchas han dejado tantos recuerdos bellos en mÃ, que los propios, los individuales, viven prácticamente arrinconados. Por lo general, cualquier persona, de forma individual, es interesante y agradable. En tiempos moderados, eso sÃ, porque hasta la más encantadora del mundo puede ser insoportable si vive contigo cada segundo, en el mismo metro cuadrado, indefinidamente. ¿Por qué evitar el contacto, entonces? Siempre he tenido pavor a la soledad. Al igual que varios colegas, me metà en la psicologÃa para entenderme a mà misma y recomponerme. Mi meta no era ejercer como psicóloga, era superar mi miedo a la soledad en todas sus facetas. Hoy, me siento realizada. Estar frente a mà con una máscara ciega, ¿no es un sÃntoma de fracaso? La máscara es una excentricidad, no una necesidad. PodrÃa verte y no me ocasionarÃas ninguna recaÃda. El no querer verte es algo práctico. Si lo hiciese te convertirÃas en todos los rostros, incluso serÃas el mÃo. No tengo espejos en casa, ni fotos, ni imágenes de personas. Hasta las portadas de los libros han sido forradas con papel antes de entrar a esta casa. Los rostros que conservo en mi mente, en el mejor de los casos, son inventados. Con los años, ha sido inevitable que los haya alterado gradualmente, quizá idealizándolos, quizá llevando a la exageración alguna caracterÃstica resaltante de su fisonomÃa. En cambio, los que corrieron peor suerte, están borrosos. El mÃo es uno de ellos. Si te veo, es seguro que en mis sueños me pareceré a ti y, sin darme cuenta, lo haré despierta cuando piense en mÃ. No creo que me favorezca la barba. Me da la impresión de que la llevas. |