El gigante de la mentira


El gigante de la mentira


— ¿Te has dado cuenta, mamá? El sol va a salir, eso significa que mi amiga Marita me va a visitar. ¡Es tan alegre! Cuando viene a casa pareciera que el sol viene con ella.

La mamá, conociendo la razón por la cual su hija Lucecita no podía ser como Marita, le dijo:

— Yo pienso que eso será porque Marita no sabe mentir. ¿Sabes? Cuando se le mira a la mentira ésta viene sólo con la intención de oscurecer a quien le da importancia, porque como es muy fea así nomás no se deja ver; entonces, la luz que todo lo ve, como no soporta a la mentira, se retira del corazón que no sabe apreciarla. Y esto es lo que te ha sucedido a ti porque a veces mientes, ¿o acaso no es así?

— ¡Ah!, yo no quisiera que se vaya mi luz, ya no voy a mentir, mamá.

— Está bien, ojalá sea así, hijita.

Y, mirando el reloj, le dijo:

— Ya son las 5 de la tarde, te toca tu remedio.

— ¡Ah!, mi remedio –dijo Lucecita–, ese remedio no me gusta.

— Pero tienes que tomarlo, hija, sino no vas a sanar de tu resfriado, ve y tráemelo.

Lucecita, mientras se dirigía al lugar donde se hallaba el remedio, pensó:

— ¿Y si lo escondo? Así me libraría de él y mi mamá pensará que se ha perdido. Pero si vuelvo a mentir, quien sabe venga la oscuridad a mi corazón. ¡Ah!, pero no me gusta el remedio.

— Mamá –le dijo–, no encuentro el remedio, parece que se ha perdido porque lo he buscado por todos lados y no está.

La mamá, conociendo que Lucecita había vuelto a mentir, le dijo:

— Tus ojos están caídos y tristes, ¿por qué será?

— No lo sé –le dijo Lucecita.

— Yo sé que has vuelto a mentir. ¡Qué pena!, porque si sigues así, la alegría que todavía se asoma por tu mirada ya no te volverá a sonreír.

Lucecita, al ver que su mamá la había descubierto, se dijo:

— Parece que a mi mamá no le puedo mentir, porque por más que me esfuerzo en ocultarle las cosas, ella, como adivina, todo me descubre. Qué vergüenza siento.  Ahora, ¿qué le diré? Bueno, lo único que me queda es traer el remedio y hacerle caso.

Y así lo hizo.

La mamá, bastante triste por lo que le estaba sucediendo a su hija, le dijo:

— Lucecita, veo que la mentira ha empezado a crecer en tu corazón como un gigante egoísta, que no le interesa nada más que salir con su gusto. Fíjate, tú recién tienes 7 años, cuando seas mayor cómo será ese gigante, y si no encuentras la solución para sacarlo de tu corazón quien sabe ya no lo sacarás nunca, porque será de repente más astuto que tú. Mira, si así nomás cómo te tiene, por su culpa la luz que te hacía brillar, al ver que su cabeza fea empezaba ya asomarse por la ventana de tu corazón, salió corriendo. ¿Y sabes por qué? Porque fuiste tú la que permitiste eso, y eso a la luz no le gustó.

— ¡Qué pena, mamá! Y tienes razón, pero cómo haré para que el gigante de la mentira no siga creciendo, para que no me rinda ante sus pies.

— Bueno –le dijo la mamá–, dale la espalda, porque si sigues así te irá quitando la fuerza de tu espíritu que ahora todavía llevas, porque lo único que quiere es debilitarte día a día, porque él sabe que así te manejará a su antojo. Y es más, terminará por encarcelarte, y si esto te sucede va a ser muy triste para ti, porque te hará vivir el resto de tus días encerrada y terminarás por parecerte a él. ¿Eso quieres?

— No, mamá, ahora me estoy imaginando que debe ser horrorosamente feo.

— Qué bien, hija, entonces, síguete imaginando, porque todavía muestras un rostro bonito, porque eres pequeña, y como la luz sabe que todo lo haces con inocencia se compadece de ti, y por momentos regresa y se vuelve a quedar contigo.

— Entonces, la inocencia es buena.

— Así es –le dijo la mamá–, es muy buena, linda y pura, y habita en los corazones de todos los niños. Pero bueno, ¿qué has pensado hacer? Dime, porque todavía estás a tiempo para librarte del gigante.

Lucecita le dijo:

— No lo sé todavía. ¿Qué me aconsejas, mamá?

— Te aconsejo que mires al cielo y le pidas a Dios que te mande sus fuerzas.

— Pero, ¿tú crees mamá que Dios me querrá escuchar? Como Él lo ve todo sabe que he mentido muchas veces.

— Dios es infinitamente bueno –le dijo la mamá–, te va a escuchar, sólo quiere que lo busques con arrepentimiento de corazón y vas a ver cómo va a compartir sus fuerzas contigo.

Lucecita, después que escuchó a su mamá, hizo exactamente lo que le aconsejó, y mirando al cielo con el corazón ya arrepentido, dirigiéndose a Él, le dijo:

— Dios mío, Tú lo sabes todo, y sabes que he mentido muchas veces, pero ya no deseo seguir mintiendo, ayúdame por favor, porque no quisiera que el gigante de la mentira me atrape, porque es tan malo que seguramente no va a querer parar hasta dejarme sin vida. Y yo quiero vivir alegre y feliz como mi mamá y toda mi familia.

Y mientras oraba, a Lucecita le pareció ver que el cielo se iluminaba con el mismo resplandor, como era antes cuando todavía no conocía a la mentira. Entonces, comenzó a apreciar con más alegría al sol, a los árboles, a las flores y a todas las personas.

La mamá, al ver a Lucecita que se encontraba nuevamente alegre y radiante, se dio cuenta que Lucecita había aprendido una gran lección.

— Qué bien, Lucecita, veo que ahora la luz de Dios siempre te acompañará a donde vayas; por lo tanto, ya no existirá nada que te haga caer desde el lugar donde ahora te encuentras, porque con la sonrisa que llevas, hace que yo te vea como si estuvieses viviendo en el mismo cielo.

Y abrazándola con mucho amor, le volvió a decir:

— Mañana seguimos conversando porque ya es hora de dormir. Que Dios te bendiga, hijita.

— Y a ti también, mamá, –le dijo Lucecita.

Fin

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